Saberdesconocer

Saber y desconocer en el mismo Salón

 

La contradicción está implícita en el título y es la razón de ser de este Salón, un Salón que lleva gran parte de su historia intentando reconciliar las insalvables diferencias sobre la idea de arte, sobre lo que le es propio y lo que es extraño al territorio, un Salón que no propone una reconciliación sino una coexistencia de creencias que confluyan en un mismo espacio.

 

Una parte de la exposición tiene que ver con saber, esa brújula para la supervivencia que reconoce la importancia y actualidad de saberes ancestrales, de lo específico de las tradiciones de un territorio y los conocimientos que allí se han desarrollado. La otra parte reconoce una fuerza paralela, un desconocer que acepta la suspensión de significados unívocos, nos lanza a la duda, a la ambigüedad y a la incertidumbre que viene de la mano de todo lo nuevo, posibilitando el escape hacia futuros y eventuales presentes.

 

La diferencia entre las obras que rescatan los saberes y las que desatan el desconocer es en extremo reveladora, da razón de dos modos distintos de pensar y hablar acerca de un mismo mundo que se ofrece a nuestros sentidos, a nuestra comprensión. Las obras aquí reunidas le dan al Salón dos caras: una luminosa, clara y diáfana, reconocible, otra enigmática, oscura, inasequible a todo entender. Una ofrece enriquecimiento, otra inquietud, y su tarea no es otra que la de mantener despierta la atención de cara al mundo, incitar a la desconfianza ante cualquier pretensión de conclusión definitiva o fórmula.

 

Hay, por un lado, cosas que sólo podemos conocer por creerlas ciertas aún cuando las desconozcamos y, por otro, cosas que nuestro conocimiento capta sin otra ayuda que la propia experiencia y que, sin duda, sabemos. Entonces se dice que hay cosas que desconocemos, varias que sabemos y muchas otras en las que simplemente creemos. Se dice que el que cree no puede simultáneamente saber y que aquel que sabe no desconoce. Se dice, pero también lo sabemos, que hay verdades que permanecen siempre ocultas, pese a nuestro terco convencimiento de que toda interpretación del mundo y nuestra existencia se apoya en la oposición entre cosas “sabidas” y “desconocidas”.

 

Saber desconocer nos permite reconocer la imposibilidad de mantener ambas dinámicas separadas y en oposición mutua, no nos pide renunciar a la independencia ni a la revelación, por el contrario, nos permite constatar cómo el preguntarse por el significado del mundo y la existencia nos convierte, de entrada, en creyentes.  El Sócrates platónico nunca vaciló en confesar que, de las verdades últimas y determinantes, nada sabía por cuenta propia sino de oídas. El que cree es un oyente que no sabe por sí mismo, ni ve con sus propios ojos, se deja decir algo por otro, y es posible que así, gracias al oído, su vista se agudice y se fije en algo que de pronto se revela. El creyente sabe desconocer y, como él, todos soñamos profundamente con una complicidad, una relación dual con los seres y las cosas, no un contrato, sino un pacto que ilumine el carácter misterioso de esta realidad factual y la desafíe como hecho consumado.

 

El mundo no existe para que nosotros lo conozcamos y no basta sólo con conocerlo, es necesario que lo admitamos como es y que lo hagamos parte integral de nuestras vidas. Saber y desconocer implican una actividad de nuestra parte que no es estática, es inestable, cambiante y transformadora, implican proteger una pregunta provisional, pero nunca una respuesta definitiva. El empeño en preguntar es la ilimitada apertura hacia todo cuanto existe, porque cuando damos por ciertos nuestros saberes, cuando no dudamos sobre nuestra verdad, en ese mismo instante dejamos de pensar, de contemplar el mundo y nuestra existencia. Entonces ¿por qué decidir entre saber y desconocer? ¿Qué nos impide la aceptación serena de esta discordancia? Saber desconocer no es una unión ingenua y espontánea, es una conjugación que nace de la conciencia de una necesidad penosamente descubierta.

 

Creer le viene a la razón como una nueva luz para contemplar lo que siempre le resultará oscuro y de lo cual, no obstante, necesita instruirse. Entonces, es preciso creer que desde la muda extensión de las cosas debe partir algo, debe haber un guiño, una señal, un reclamo que se separe con la intención de significar una y otra vez algo. Las ocasiones de este tipo no son, desde luego, frecuentes, pero de vez en cuando se presentan,  basta con esperar a que se verifique una de esas afortunadas coincidencias en que el mundo quiere mirar y ser mirado.

 

Concretar, verificar, demostrar, saber, este es el imperativo de lo real que nos obliga a hacernos frente, privándonos de la complicidad secreta del misterio, de la ambigüedad y el equívoco. Siempre nos pensamos frente a lo real, sin embargo, no hay frente a frente, no hay saber, no hay desconocer, se trata de una doble ilusión. Sólo hay reciprocidad. Pasada la euforia de la ciencia, hemos sabido desenmascarar el saber y ya nada nos protege contra la ilusión y la ausencia de verdad. Los saberes eran desconocidos y ahora están apenas revelándose.

 

*Nota al pie para el visitante:

 

La estructura de esta exposición se apoya en la misma arquitectura de los espacios físicos. El Museo de Arte Moderno de Medellín ofrece la arquitectura para expresar esas dos ideas: dos espacios gemelos que exhiben dos muestras colectivas con ideas opuestas, una, titulada Destiempo con relación a lo desconocido; otra, titulada Estado Oculto, con relación a los saberes. En el centro, en el gran hall, una obra singular como un oxímoron que conecta metafórica y visualmente la dicotomía. El Edificio Antioquia y la Casa del Encuentro, en la misma lógica de relacionar las ideas que le dan forma a este Salón con la arquitectura de los espacios, permiten proyectos individuales, y las salas del Museo de Antioquia replican, aunque de forma menos simétrica, formas de visualizar la convivencia conjunta del saber con el desconocer en un escenario intermedio donde se encuentran, en una muestra colectiva titulada Uno como Otro. En suma, a lo largo de la exposición algunas obras enriquecen nuestro saber, otras provocan inquietudes, y otras tienen la singular tarea de conjugar la separación trazando vectores, tirando lazos y tensores que muestran cómo el canon, lo que sabemos, lo que creemos conocer y desconocemos, es algo arbitrario, a veces muy inseguro y con frecuencia incompleto.