Boclé, Jean-François

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Tout doit disparaître! [¡Todo debe desaparecer!], 2001. Instalación con 15.000 bolsas de plástico. Dimensiones variables. Vista de instalación en Praga. Cortesía del artista.

 

JEAN-FRANÇOIS BOCLÉ (Martinica, 1971)

Ha participado en grandes eventos del arte mundial como la 11 y X Bienal de la Habana (2012 y 2010); la 8 Bienal de Mercosur, Porto Alegre (2011); la XXXI Bienal de Pontevedra (2010), y la primera Bienal de Thessaloniki (2007). El BildMuseet (Umeå, Suecia) dedicó todo su espacio a su mayor exposición individual hasta ahora (2008). Usando gran variedad de medios –instala­ción, video, escultura, fotografía, performance, escritura– Boclé reflexiona sobre la experiencia de salir de su “isla inmensurable” a los 15 años y sobre la historia de un continente, América, marcado por toda clase de divisiones. Vive y trabaja entre París y Bruselas.

 

Entrevistadora:  Mariangela Méndez

 

MM: Muchas de sus obras usan materiales que recuerdan la mecánica y restos secundarios del proceso de globalización. ¿Cómo se interesó en esto? ¿Cómo aproximarse a un tema tan invisible?

 

JFB: Usando materiales que remitan a la mercancía, al excambio… Bote y Tout doit disparaitre! [¡todo debe desaparecer!] nos hablan primero que todo de una fisura. Es esa puesta en presencia la que le propongo al público. Los centenares de fardos de cartón de envolver marcados con su señalización mercantil (“Up”, “Down”, “handle with care”, “ne pas plier”, fragile”,  made in France”) que constituyen Boat evocan los restos, la reliquia, la estela. Me convertí en un fletador de palabras para un encallamiento cuidadoso… las miles de bolsas plásticas nuevas en Tout doit disparaitre! abiertas ante nuestra mirada le dan a esa fisura el alcance de un océano.

Allí donde los flujos de mercancía, de materia prima o de datos, se convierten en el único, mas allá, del hombre se abre una fisura. Quizás eso me marco en mi lugar de origen, Martinica, la isla del Caribe donde nací y donde viví mis primeros 15 años. Somos una parte del continente americano, historia donde la atracción de la mercancía a menudo ha sido brújula y mapa. La isla es en cierto sentido una condensación de fenómenos que viven las sociedades que la rodean. Es un lugar de intensificación. Esas obras nacieron allí.

 

MM: En estas piezas algo pasa con los humildes materiales que utiliza (cajas usadas de cartón y bolsas plásticas): se hacen misteriosas y poéticas. ¿Puede hablar de esta transformación?

 

JFB: En mi trabajo a menudo uso objetos de nuestra vida cotidiana. En la intimidad compartida que le propongo al público, es importante que no contemple objetos que le sean externos. La relación se instaura porque da lugar a circulaciones donde esos objetos son vectores.

Darle tales dimensiones a estos objetos repetidos en el espacio crea un problema o una tensión o un vertigo. Para estos objetos que marcan nuestras vidas cotidianas, el punto de giro hacia una poética es lo desmesurado, lo inmensurable.

 

MM: ¿Que sucede con sus trabajos al ir a otro contexto? Tout doit disparaitre! hace una referencia al océano, pero se mostrará en una ciudad rodeada de montañas. ¿Cree que eso influye en la forma como se recibe?

 

JFB: Mi experiencia con Tout doit disparaitre !, es que ese azul multiplicado siempre apela al azul del mar en el espacio de exposición. Su desplazamiento a distintos contextos, desplazara ese azul que absorbe la mirada. El desplazamiento le aglomerará las realidades que va a bordear, o simplemente la subjetividad de tal o cual persona del público. He mostrado esta obra, entre otros sitios, en Praga en 2004, cuando la Republica Checa volvía a la Comunidad Economica Europea, lo que muchos resintieron como una nueva perdida de la soberanía del país. Esa obra se recibió como lo que es, el vértigo de un mar de bolsas, y como una metáfora de su historia inminente.

Cuando lo expuse en Rouen, en Francia, un niño de cinco años respondió a la pregunta de que veía que le hice en su Jardín Infantil diciendo “es el mar en cólera”. “El mar en cólera” es lo que se ve a 70 centímetros del piso, la altura de los ojos de ese niño que veía la cresta de bolsas plásticas desgarrando el espacio. Hablaba de lo que parecía salir de su subjetividad, seguramente el mar tenia para ese niño una ortografía múltiple.

 

MM: Con respecto a la obra que vendrá al 43 SNA, para usted es muy importante que los materiales usados se reciclen. ¿Cree que los artistas deben tener en cuenta la cadena de producción en donde se encuentran sus obras?

 

JFB: Esta instalación tiene una vida propia y ciertos imperativos ligados con sus materiales. Mientras dure la exposición, antes de abrir las salas, dos personas deben enderezar 500 o 1000 bolsas para que se mantengan de 90 cm., eso compensa el hundimiento progresivo de su forma. Al final de ese proceso exijo que esas 50.000 bolsas plásticas se reciclen. Para mi también hay un a practica ritual, porque al final de una exposición esas bolsas están llenas de la mirada del público, ya no están vacías.

Lugar de exposición: Museo de Antioquia