Ávila Forero, Marcos

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A Tarapoto, Un Manatí, 2011. Video HD, 18 min. Cortesía del artista y Galerie Dohyang Lee, París.

 

MARCOS ÁVILA FORERO (Francia, 1983)

Graduado con honores en 2010 de lEcole Nationale Supérieure de Beaux–Arts de París, viaja en 2011 al Amazonas donde realiza A tarapoto, un manatí, que presenta en la exposición Le Vent d’Après y obtiene el Prix Multimédia Des Fondations De Beaux–Arts. En 2012 Viaja a la frontera marrueco–argelina (cerrada por conflicto diplo­mático), donde realiza Cayuco. En 2013, tras recibir el Prix Découverte Du Palais De Tokyo, viaja a Colombia y trabaja con poblaciones desplazadas por el conflicto armado en un asen­tamiento llamado Zuratoque, nombre que le da a una obra y exposición individual en el Palais De Tokyo. Sus obras se sumergen en las realidades políticas y socia­les, en las que él se implica en vez de ser solamente observador. Vive y trabaja en París, Francia.

 

Entrevistador:  Oscar Roldán-Alzate

 

OR: Usted nace en Paris, a una temprana edad su familia regresa a Colombia y luego usted regresa a Francia a realizar su formación profesional. ¿Qué ha significado esta condición de trashumancia y doble nacionalidad en su trabajo?

 

MA: Mi trabajo se construye con la pregunta constante de ¿cómo viajan y se transforman las cosas? Pero, a decir verdad, aunque vivir entre dos continentes debe contribuir, hay contrastes más influyentes: rural/urbano, clandestinidad/legalidad, pobreza/riqueza, tradición/modernidad…

Hoy en día los objetos, las ideas y la gente están en desplazamiento permanente; viajan grandes distancias, en cantidad y velozmente. Así que esa pregunta se puede aplicar a cada contexto, volviéndola universal. Paradójicamente, poco importa donde vivimos, no se necesita viajar lejos para ver esos fenómenos.

La “trashumancia” es una palabra que se aplica normalmente al pastoreo, es un movimiento continuo que se adapta a la productividad, pero a diferencia del nomadismo, la trashumancia mantiene un asentamiento fijo.

Mi trabajo es un pretexto para aprender sobre el mundo, y mis desplazamientos se hacen en función de mis proyectos. En ese sentido “trashumancia” es un concepto interesante, sobre todo porque siempre cito a Bertolt Brecht al hablar de mi trabajo: Me parezco a aquel que guarda siempre en su bolsillo una piedra de su casa, para mostrarle al mundo como es donde él vive. Nunca había pensado en definir mis desplazamientos con esa palabra, así que gracias por emplearla.

 

OR: La obra que propone para el 43 SNA presenta una consideración importante sobre los saberes ancestrales además de manejar un tono cercano al de las ciencias sociales en su tratamiento documental. ¿Que despertó su interés?

 

MA: El ser humano está en el centro de mis trabajos, es el personaje principal; por eso fue natural acercarme a prácticas como la antropología. Pero yo interactuó demasiado, al contrario de dichas ciencias, que deben limitar su interacción al máximo. Tenemos objetivos diferentes. Pero más allá de mi trabajo, ese tipo de prácticas me ensenaron a involucrarme políticamente. En el caso de A tarapoto, un manatí me intereso trabajar con una comunidad del Amazonas que oscila entre querer adaptarse a la modernidad y guardar sus tradiciones y cultura. Tratan de redefinirse y, de momento, ese factor genera una divergencia en sus discursos, que les obliga a negociar permanentemente los elementos que definen su identidad.

 

OR: La narración implícita en su obra nos ensena cosas ciertamente desconocidas para nuestra cotidianidad pero a la vez inquietantemente cercanas en el territorio; en este sentido ¿qué labor le confía a su trabajo?

 

MA: Hace un tiempo estuve trabajando con poblaciones de inmigrantes clandestinos subsaharianos, que se escondían en las montañas de la frontera entre Marruecos y Argelia. Para mí, estar en el Amazonas, era estar en un territorio tan extranjero como ese.

La proximidad no solo se mide por la distancia. Ya sea económica, política o culturalmente, el verdadero factor son las vías de comunicación, y en ese sentido, el Amazonas es un territorio muy lejano. Aunque ciertamente esas fronteras se han ido quebrando poco a poco.

En este proyecto quise trabajar con varias familias de esa comunidad para reactivar uno de sus mitos, en un contexto con tendencia al olvido. Junto a la video-instalación de A tarapoto, un manatí, en el 43 SNA se verán las obras de un escultor de la comunidad, Don Ruperto Azaguary, quien fue clave en mi proyecto, y que ha hecho un largo trabajo de conservación de los mitos y tradiciones de su cultura.

El dialogo entre las esculturas y mi video-instalación busca romper la frontera que nos dice que estamos viendo arte o antropología… u otra cosa. Abrir posibilidades al situarse justamente en un espacio que oscile entre lo uno y lo otro… hasta bascular.

 

Lugar de exposición:  Museo de Arte Moderno de Medellín