Abdul, Lida

LidaAbdul

 What We Have Overlooked [Loque hemos pasado por alto], 2011. Videoinstalación con dos canales, película de 16 mm transferida a DVD, 3:44 min. Imagen cortesía de la artista yGiorgio Persano Gallery, Turín.

 

LIDA ABDUL (Afganistán, 1973)

Fue la primera artista en repre­sentar a su país en la Bienal de Venecia (2005), desde entonces ha participado en numerosos eventos: Bienal de São Paulo (2006), de Gwangju (2006), de Moscú (2007), de Sharjah (2007), y de Göteborg (2007). Su obra también ha presentado su trabajo en el Istanbul Modern; Kunsthalle Viena; Museum of Modern Art, Arnhem, Holanda; Miami Central; ICA Toronto, entre otros. Ha ganado los premios Taiwan (2005), Pino Pascali y Prince Claus (2006), y el de la UNESCO para la promoción de las artes (2007). Su trabajo está en numerosas colecciones públicas y privadas, incluyendo Frac Lorraine, GAM, Torino, la Fundación Louis Vuitton, París, y el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Vive y trabaja en Los Ángeles y Kabul.

 

Tomado de http://www.lidaabdul.com/statement.htm

 

Las prácticas culturales/artísticas contemporáneas parecen preocupadas con asuntos de la otredad en todas sus representaciones, un fenómeno impulsado por el auge de los festivales globales de arte (Documenta, bienales y trienales) que se articulan tanto con las historias del arte como con historias políticas y sociales del presente. Hoy en día la tecnología ha permitido una pluralidad de prácticas artísticas que siguen retando la noción misma de la obra de arte. Artistas contemporáneos de México, China, Irán, Israel y Palestina, para nombrar unos pocos países, no solo crean espacios y temporalidades complejas que buscan una audiencia más nueva; también trabajan como antropólogos, críticos culturales, filósofos éticos y fotoperiodistas para crear un mundo texturado que pocas veces se encuentra en los medios populares. Estos artistas son las almas  errantes del mundo que van de un lugar a otro haciendo arte que sirve de testigo, que reta y hace otras preguntas. Son celebrados, ignorados, perseguidos y a veces incluso asesinados por rehusarse a tomar lados en el juego de ‘nosotros’ contra ‘ellos’. Son los inocentes a bordo, a menudo exiliados en sus propios países.

Las obras de estos artistas afganos, chinos o cubanos crean nuevos espacios que piden un nuevo espectador/lector, alguien consciente de la oscilación entre lo global y lo particular (entre una identidad heredada y una adquirida en donde viven) con las cuales deben negociar los artistas para crear obras heterogéneas. El verano pasado, mientras terminaba una residencia artística en Kabul, me di cuenta que yo también soy una de estas artistas. Como artista afgana, que dejo su país de nacimiento pocos años después de la invasión soviética, he tratado de entender el desastre que ha devastado mi país durante más de dos décadas. Blanchot dice “un desastre no toca nada, pero lo cambia todo”. Afganistán está destruido físicamente, sí, pero la capacidad de sobrevivir persiste. El lenguaje, las nociones de lo domestico y las percepciones del otro se transforman radicalmente hasta el punto que sobrevivientes/refugiados se niegan a hablar de lo vivido. Todos conocemos la historia de este silencio. Estos artistas nómadas le dan una voz al silencio con sus obras.

Siempre está el miedo de que el trabajo de un artista disidente o demasiado cercano a una posición política pone en riesgo sus intenciones estéticas; el miedo de que la forma puede quedar subordinada al contenido. Aunque esta crítica puede parecer bien intencionada, es importante preguntar ¿a que política se refiere? En mi trabajo intento yuxtaponer el espacio de la política con el espacio del ensueño, casi del absurdo; el espacio del resguardo con el del desierto. En todo esto trato de actuar los “espacios vacíos” que quedan cuando a la gente se lo quitan todo. ¿Cómo enfrentarnos cara a cara con la nada, con el vacío, cuando antes había algo? Yo misma fui refugiada durante unos pocos años, yendo de un país al otro, sabiendo muy bien que en cada etapa yo era un huésped a quien podrían pedirle que se fuera en cualquier momento. El mundo de los refugiados es portátil, permite el movimiento fácil entre fronteras. Es un mundo que le pueden quitar tan fácilmente como se lo dieron: provisionalmente y sin sufrimiento para el anfitrión.

A veces la gente dice que soy post-identidad, post-nación, etc. No se eso que significa. Para mí lo más difícil es justamente ir más allá del recuerdo de un evento. Mis obras tienen la forma de mis  intentos fallidos de lo que otros llaman trascender. ¿Pero qué? Para mí el arte siempre es una petición por la existencia de otro mundo, un rompimiento momentáneo a la comodidad para que seamos más sofisticados al reclamar el presente. Las nuevas almas errantes del globo, los nuevos refuseniks globales —obstinados, débiles, perseguidos, fuertes— seguirán haciendo arte mientras la gente crea en soluciones fáciles y en los desenlaces más banales.

 

www.lidaabdul.com

 

Lugar de exhibición: Casa del Encuentro